Rosemary's Baby: ¿La semilla del diablo o de la locura?

Pese a que soy bien cobarde para las películas de horror, de niña eso no era un impedimento para que satisficiera mi curiosidad por lo tenebroso viendo muchas de ellas en la oscuridad de mi cuarto. Naturalmente, después no pegaba un ojo en días, y si llegaba a hacerlo era únicamente con el confort psicológico que da el dejar una lucecita encendida en el cuarto. Una vez que el miedo sobrepasó la curiosidad, dejé de verlas por completo. Mi masoquismo tiene límites.
Sin embargo, Rosemary’s Baby (1968) está lejos de ser la típica película de horror que me desvelaba en viejos tiempos y es por eso que hoy retorno a la sección con ella. Aquí conocemos a Guy Woodhouse (John Cassavetes), un frustrado actor de teatro que recién se muda con su joven esposa Rosemary (Mia Farrow), al Bramford, un antiguo edificio gótico en Manhattan donde residen inquilinos de cuestionable reputación. Desde el primer momento en que se establecen son cordialmente invitados a cenar por sus vecinos Minnie (Ruth Gordon) y Roman Castevet (Sidney Blackmer), una excéntrica pareja mayor que prontamente les cogen cariño y los tratan de manera efusiva.
Aunque en un principio Guy estaba reacio a compartir con ellos por eso de que después sería imposible sacárselos de encima, a partir de la cena en cuestión reconoce que son unas personas interesantes y comienza a pasar más tiempo con ellos en su apartamento, mientras misteriosamente su carrera artística se dispara. Rosemary, por el contrario, no confía tanto en sus vecinos (¿por qué habrán retirado los cuadros?, se pregunta) pues nota cómo de pronto éstos empiezan a ejercer una gran influencia sobre su esposo y la toma de decisiones en su matrimonio.
Eventos extraños surgen a su alrededor y las sospechas de que algo raro hacen sus vecinos se asoma en la mente de Rosemary. Un día, luego de que ingiriera un mousse de chocolate que Minnie les prepara exclusivamente, nota un sabor peculiar en él, se desmaya, y termina soñando que una bestia la violaba frente a un grupo de personas entre los que se encontraban varios de sus vecinos y Guy.
A los pocos días descubre que está embarazada y desde ese momento las atenciones de Minnie y Roman se engrandecen al punto que le dicen a cuál ginecólogo debe de ir y le preparan infusiones vitamínicas diariamente, tal cual fueran los abuelos del niño. Varios sucesos durante el embarazo hacen que las sospechas de Rosemary se tripliquen y deja de hacerle caso a las indicaciones de ellos y de su esposo. Cuando por fin da a luz, Guy le indica que el bebé murió pero que no se preocupe que pronto podrían tener otro. ¿Qué le pudo haber pasado a la criatura? ¿Por qué su esposo y sus vecinos se comportan de forma extraña? ¿Qué traman a sus espaldas aunque con sus entrañas? ¿Será que todo es producto de su imaginación?
Lo que me agradó de Rosemary’s Baby es que el espectador percibe que algo extraño está ocurriendo todo el tiempo pero las actitudes vivarachas y despreocupadas de la mayoría de los personajes (excepto Rosemary) ponen en duda si lo que ella está viviendo es la realidad o son delirios prenatales, puesto que todo lo vemos desde su punto de vista. La trama se desenvuelve tan bien que lo siniestro lo sabemos de antemano y solo esperamos -con desespero- a que Rosemary termine de descubrir la confabulación. Esto se debe en gran parte, tanto a las tremendas actuaciones de Mia Farrow y Ruth Gordon, como a la excelente dirección de Roman Polansky, quien con su ingenio pudo adaptar a la pantalla grande una extraordinaria película de horror con un tacto más delicado.
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Devoradora incurable de detalles irrelevantes.
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